Santiago, después de invernales
Primaveras nocturnas
Miguel Ángel:
Prometo contestarte en esta carta que hubiese deseado
escribirte a mano, pero tomada de la mano conmigo y mi tibio
aliento anaranjado con vino tinto y caliente, mi palabra.
Pero sabes que no es así, que no se volvería al minuto
fecundo, al segundo, al primigenio instante. Te la escribo
bajo el nocturno momento de la población, hace ayeres que
hoy día vino, recorrí cauta y sorprendida por las calles,
cortando el silencioso aire con mis pasos en el asfalto aún
tibio. Maravillada observo las curvas, los límites, imágenes,
flores, animales y frentes, recordando entre mapas mentales,
jugando al rebobine por favor con los hemisferios. ¡No quiero
que se vaya, que la foto se nuble ni quiebre!
Las imágenes conectan los momentos de aquél ángel, o
arcángel, él no más, significando su nombre. Repentino
ser, no oscuro, pero tampoco claro. Llegaste en negativo y
te fuiste de noche. En sueños viniste y te materializaste
escribiendo, línea a línea, aliento y aliento, inundando
púrpuras encuentros de aire, flotando, alimentándonos de
nosotros mismos, de nuestros sueños y conversaciones, azul
eres, azul soy, marinos y profundos, heridos y en extinción,
no sólo yo, sino ambos. Te vi entremedio de enredaderas, de
helechos suspendidos en este bosque de paredes, que caminando
nos refugian. ¿Huemul?, ¿cóndor?, ¿neanderthal? No lo sé,
sólo en mí y en esta visión, siento la necesidad de graficar
un despertar de mi ser, de mis sentidos, de mi realidad,
ante tu aparición, profunda y perpetua. Extensa luz que
parpadeante, aún me delinea. Este recorrido, este azul, este
nocturno recorrido por la población, es el tercero, lo que se
construyó y vive, entre campos violetas y cielos verdes. La
flor creció con el agua.
Con muchos particulares que seguir compartiendo, me despido
Atte. Yo








