El gato ciego intenta medir nuestra
fuerza con sus bigotes. Sabe que
somos extraños, nos observa entre la
infecciosa herida de sus ojos. Lo
reconozco y en parte de sí, él también
me reconoce. Cuando lo miro me siento
sucia, vacía, hedionda a maldad, no
humana, no animal, nauseabundo espectro.
Es el gato de mi abuela, o era, y me siento responsable de
su actual estado. Temo volver a encontrármelo, tiene garras
quebradizas, pelaje sucio, legañas en los ojos, a penas
se mueve, su decadencia me hace pensar un poco en la mía
¿Por qué justo hoy?

vives sumergido en este abismo nocturno, donde
no eres ni un gato, ni tú, eres… no sé si tan
así como un gato negro. Existes en esta oscuridad, te
Te me
apareces sigiloso entre los restos de
madrugada, reconociendo tu estado de
perpetuo vacío. Foráneos, ajenos, vivos,
y conocidos, penetras en ellos con tu
hizo encontraste con tu reflejo, y yo con el mío.
mirada, ya sabe el gato, ya lo sabe,
ya
me vio.
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