
Entre los silencios ofrecidos por mi escalera, frío ya el tinte de mi taza, de madrugada mis ojos no cesan, miran detrás de paredes; calles; detrás del follaje. De los árboles nativos, detrás de la cordillera, del camino, del destino. De madrugada, como este aún tibio recuerdo: aquel instante, en que mi pecho hinchado de dicha, y mis manos calmas dibujaban sobre el edredón tu cordillera, tus valles. Aquel aire vaciado y contenido una y otra vez por nuestras bocas; cuerpos y pulmones, impregnan de lentitud el espacio. Un minuto demoro en encontrarme con tu adormilada mirada y es ahí donde fugaz conecto, fugaz retorno. Es ahí donde vuelvo a observar aquella esquina de aquel sueño, en aquella ciudad, en tal cuerpo. Ya lo comprendí, esto ya lo sentí.
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